jueves, 7 de abril de 2011

Vida en verde,...

Pequeños bornizos en verde eclosionan con la primavera,... envero.
Perfectamentes alineados, medidos con regla por manos bastas, erosionadas como el terreno en el que se encuentran.
Líneas perfectas en las que se encuentran las madres de estos verdes retoños. Madres recortadas una y otra vez a lo largo de los años, pulidas con el sudor, con la sangre desprendida de las manos de los hombres en la lucha encarnizada por desprender los frutos cada otoño. Brazos finos que recortan para que después del adormecido invierno vuelvan a florecer con la magia de los rayos que el sol recuesta sobre ellos en mañanas llenas aún de neblinas.
Hijas tostadas, oscuras que se dejan mecer por la leve brisa de la tarde; negras, tintas canicas que ofreceran al hombre bajo su piel, el fruto con el que hacer un caldo para la conversación, para el rato alegre entre dos amigos, momentos llenos de palabras, de risas, y también, por qué no, en alguna que otra ocasión para tintar las lágrimas por algún amor perdido,...
Hijas rubias, como el sol del mediodía, que llenaran de alegría y de orgullo la vida del que hizo el trabajo bien hecho. La labor que empezaba muchas jornadas antes del crepúsculo y acababa después del ocaso. Días cuidando la tierra, el tronco, cada hoja, cada racimo, dejando trozos de piel en cada trozo de vida parda, arrugada y deforme, anclada a la tierra que le da la vida,... una vida en verde que cada año mágicamente después de la amputación vuelve a resucitar,...

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