viernes, 18 de marzo de 2011

Japón

Montones de escombros, trozos de autómoviles, casas. Entre los trozos de madera, un cuento en cuya portada se ve a Pinocho sentado con una gran nariz y unas orejas de burro, pensando,... una foto de boda en la que se ve a una pareja sonriente, manchada de barro. Trozos de familias, de recuerdos, de vidas, de sonrisas y lágrimas esparcidas por el suelo entre los pedazos de casas donde vivieron, de carrocerias de coches donde viajaron, de sillas y mesas donde compartieron un trozo de pan y un plato de comida hace tan pocos días.
Hoy ya no queda nada, sólo desolación, tristeza y lágrimas. Al fondo entre el barro y el agua, una persona anciana, casi sin aliento y arrastrando los pies, llama entre gritos desesperados y casi inapreciables, debido al tiempo que lleva haciéndolo, a su hijo que debe estar entre los restos, aunque en su interior, en algún rincón de su mente, sin valor para destapar este pensamiento, sabe que no volverá a verlo, que quizás no podrá ni siquiera acercarse a ningún sitio para rezar sobre sus restos.
Héroes intentado salvar, quedando su vida para que el peligro no vaya a más, libertadores de vida, bajo sus uniformes, sus escafandras, bajo sus trajes protectores, aunque saben perfectamente que la muerte a la que están enfrentándose acabará traspasándolo y llegará a su corazón. A pesar de ello, seguirán intentando salvar lo que queda.
Un desierto de restos, escombros, barro, agua y la vida desapareció de allí, la gente huye hacía algún lugar seguro donde la muerte que hay en el aire en forma de gotas radioactivas no les alcance. Tras ellos, sus recuerdos, algún familiar, sus casas, sus posesiones mojadas y embarradas, mezcladas con la de sus vecinos,...
La muerte en el aire acecha, pero la vida luchará contra ella en forma de un pueblo organizado, disciplinado, paciente y ordenado al cual, en la distancia y desde mi tranquila vida, quiero con mis palabras, llevar mi aliento, mi apoyo a este pueblo devastado y agonizante,...

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