Todos los cuentos tienen una enseñanza en su final, en el mío, la moraleja se encuentra al principio:
"Si un río revuelto de pensamientos, en tu mente te ahoga, mira hacía el mar. Las palabras transportadas por la corriente, se convertirán en un manso río cuando alguien las reciba".
Esta noche, en su oscura soledad, rebuscando entre los sueños que nos ofrece la narcosis de nuestra memoria oculta, tropezando a cada paso con el pasado, mis pies desnudos chocaron con algo frio y húmedo, un libro.
Un libro raído, de pastas ásperas y lomos desvencijados por el tiempo, por el pasar de manos y miradas por sus páginas, desgastado por el roce de pensamientos entre sus hojas fabricadas con nubes y niebla. Sometido a la lectura, en días de tristeza y noches de vigilia, de sus letras escritas con el rocío de alguna mañana fresca de otoño. Tinta roida por la caricia repetida de aquellos dedos que se deslizaban por ellas como si por el cuerpo de una mujer bella lo hicieran. Palabras emborronadas por el río de alguna lágrima que corrió por sus hojas en alguna ocasión y que quedaron, como una cicatriz en la piel, la marca de una vida.
Mis manos jugaron con esas hojas que desprendían risas, llantos, sentimientos de algo pasado y esperanzas de algo que aún no ocurrió, de cosas que ya sucedieron en forma de recuerdos y de asuntos que aún están por venir. Escritos que vendrán en forma de sueños para terminar este libro de páginas inciertas, cuyo principio olvidé y cuyo final ya viví.
Un cuento sin final ni principio, donde la princesa llora desconsolada la venida de su príncipe, y que la despierte de su falsa muerte, con un beso amargo, pero nunca llegará. Reinos sin reyes ni puentes que fueron abandonados por aburridos dragones que nunca fueron derrotados. Animales que nunca supieron hablar, porque nadie los enseñó. Lobos feroces que no tienen a quien asustar y niñas que nunca fueron inquietadas por el chacal que debía estar escondido tras el árbol de aquel bosque oscuro, cuyo suelo de hojas muertas nunca fué pisado por los niños perdidos, que vuelven a casa sin haber encontrado la casa de chocolate. Brujas bellas con manzanas podridas, que desprendían el cierto aroma de la muerte. Niños que nunca querrán ser adultos, sin saber que la vida va pasando. Mayores que querrán volver a ser niños, cuando el final del cuento se acerque, sin haber aprendido a ser lo que nos correspondía ser en cada momento.
Todo del revés que forma un derecho de inquietudes, de libros que nunca fueron escritos y de narraciones cuya única moraleja es la de que nunca existieron los personajes que lo formaban porque nunca llegaron al final ni tuvieron un comienzo.
Luchas en donde el perdedor es el que gana y el ganador sale huyendo otra vez hacía el génesis de la historia para enfrentarse de nuevo a sus miedos. Temores que siempre venceran porque a tí se te olvidó la espada y la armadura y nunca más tu doncella estará esperando en aquel castillo, ya abatido y destruido. Muros que, como la vida misma, se irán agrientando y cayendo, llenándose de hendiduras y cicatrices producidas por el paso del tiempo, por el paso de la vida.
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