Hoy no me sentaré en mi tejado. Las tejas están mojadas y resbaladizas. Llueve. Pero lo cambiaré por algo igual de agradable. Mi chimenea está encendida y el olor a madera calcinada impregna el ambiente. Me gusta mirar por la ventana a través de los cristales empañados. Fuera, mojados, llenos de pequeñas lupas de agua que me hacen ver el mundo ampliado y deforme. Quizás ya esté así y no me hagan falta las gotas de agua para verlo así, pero a mi me gusta pensar que es por culpa de ellas, de las gotas y que sin ellas el mundo es perfecto.
Allá, donde termina el pueblo, donde deja de haber tejados y casas, y gente, y calles, el ocre color de las hojas de las viñas empapadas se confunden con el arcilloso tono de la tierra. Tierra empapada, embarrada que hoy no pisaran las botas desgastadas de los hombres del campo. Tierra rasgada por regueros de agua que la arañan suavemente para dejarle llena de cicatrices. Hendiduras a las que se acercaran los gorriones a beber, cuando a la tarde el sol después de librar una batalla de colores con las nubes les triunfe y yo de nuevo pueda volver a sentarme en mi tejado,...
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