Luna Llena,... su blanca luz, esta noche, ilumina de una forma más especial el cielo y su palidez se torna en un brillo especial. Escondida tras las nubes que amenazan lluvia, de vez en cuando se asoma avergonzada, para ver tan triste imagen. No se atreve a mirar y vuelve a esconderse tras otra nube. Esa imagen que nunca olvidará se quedará fijada en su mente para siempre y teñirá, a partir de entonces, cada noche, con el mortecino color de la sangre reseca en el rostro de aquel hombre al que mira allí abajo, en la tierra,...
Un hombre anclado a una cruz, una equis donde se cruzan la línea del mal y la del bien, de lo bueno y de lo malo, de la vida y de la muerte, en cuya intersección se encuentran los pecados de todos los hombres y que él ocultará con su cuerpo roto, magullado, ensangrentado para que nosotros nos olvidemos de ellos, para que nunca volvamos a cometerlos y nunca más tengamos que avergonzarnos de dichas faltas.
A lo lejos, resuenan tambores que marcan el latir de su desfallecido corazón, seguir el ritmo, seguir viviendo para morir, moriendo poco a poco para revivir. Una voz rota en forma de saeta, marca su agónica respiración, marcando sus últimos suspiros antes de cerrar los ojos para abrirlos de nuevo a la vida, a la esperanza y llenar de vida lo que hasta ese momento ha estado lleno de muerte.
Ese hombre traicionado, apedreado, abandonado y olvidado por aquellos por los que da su vida,...
Dejadme que crea, que lo vea como un hombre más, que sea para mí, en estos días, ese hombre de carne y hueso que sufre, que tiene el mismo dolor que cualquiera de nosotros cuando luchamos por la injusticia, por lo que no es correcto,... que sabe mirar a los ojos y dar la mano a un amigo, ese amigo que nunca te falla, que siempre está ahí, para lo bueno y para lo malo, que llega, incluso a dar su vida para que tu sepas vivir sabiendo que pecaste pero que él te lo perdona y lo olvida,...
Dejadme que sea para mí, como dice la canción, no el hombre que está en la cruz, si no el que anduvo en la mar,... ese hombre, que es uno más entre nosotros,...
martes, 19 de abril de 2011
lunes, 11 de abril de 2011
¿Un Sueño?
Nunca llegaré a saber si lo que os narro a continuación llegó a ser un sueño o sucedió en realidad,...
Era una noche desapacible, había estado lloviendo durante todo el día y los rollos de las calles estaban resbaladizos. El aire sonaba al ritmo del eco de mis botas por aquellas calles estrechas de altas paredes. El sombrero de ancha ala borraba mi rostro en la oscuridad de la noche y mi capa, aún humeda ensombrecía mi cuerpo hasta casi hacerlo desaparecer en la tiniebla de las sombras nocturnas. Solamente el brillo de la punta de mi espada bajo la capa me delataba cuando se cruzaba con la empobrecida luz de alguna que otra farola que había aguantado al chaparrón que acababa de caer.
Volvía del Palacio Real, había sido una guardia relativamente tranquila y justo cuando entraba en la calle Sacramento, viniendo de la calle del Rollo oí en el silencio de la noche, roto solamente por el resonar de mis pasos, el grito de una mujer. Me detuve justo en la mitad de la calle. Estos gritos provenían de un balcón de uno de los palacetes que había en dicha travesia.
Conseguí abrir el enorme portón de un seco golpe con mi hombro, atravesé el umbral y ante mí se abrió un enorme zaguán con enormes cortinas que caían desde el techo, una gran mesa forjada y al final del mismo una escalera por la que bajaban los gritos aterradores de aquella mujer. Sin pensarlo, subí aquellas escaleras de mármol, que se me hicieron más cortas de lo que en verdad eran gracias a los grandes pasos con los que la subí.
Cuando ya me encontraba en el piso superior, descubrí como salía la tenue luz de algunas velas bajo la puerta de una de las estancias y me dirigí a ella apretando la fría empuñadura de mi espada por si tenía que desenvainarla. Aferré el pomo dorado de la puerta y sin meditar ni un sólo momento la abrí descubriendo una habitación amplía iluminada por dos candiles, uno de los cuales se encontraba en una alta mesilla donde resplandecia un gran crucifijo y una medalla plateada junto a una biblia y el otro sobre un arcón de paredes de tela morada y herrajes brillantes.
Gracias a la luz de esta lámpara pude fijarme en el dorso desnudo de la mujer recostada a los pies de la cama.
Puse mis manos aún con los guantes en su espalda y ella dándose la vuelta me abrazó con la ténue fuerza que pudiera tener una niña, aún tiritando. Sentí en mi mejilla el gélido recorrido provocado por una de sus lágrimas.
Ella me arrastró hasta el desbaratado lecho sin lograr que deshiciera el abrazo en el que se había fundido conmigo.
Sentía su frio cuerpo, pero no logro recordar cómo era el tacto de su piel ni el olor que desprendía. Quizás oliese a mujer, a vainilla, a romero, pero no logro rememorarlo. Sentía como sus manos me despojaban de mis ropas, pero no consigo recordar el tacto de ellas sobre mi piel, aunque sí siento todavía como acarició todo mi cuerpo. Acercó sus carnosos labios a los míos, pero no recuerdo el sabor de ellos. Por más que lo intento no lo consigo, aunque quizás su gusto fuera a melocotones maduros. Tampoco consigo recordar el tacto de su cabello, ni su color, pero recuerdo perfectamente como se recostaban sobre mi rostro, mientras yaciamos en aquella cama.
Oí las campanas de la Iglesia de San Justo y contándolas descubrí que había pasado toda la noche junto a aquella mujer y si no me daba prisa llegaría tarde al cambio de turno. A toda prisa, me vestí y deshice con la misma rapidez el camino contrario al que hice por la noche. El retumbar de mis pasos por aquellas angostas callejuelas eran mucho más rápidos, ya que el campanario había repetido de nuevo la llamada para que la ciudad comenzará a funcionar y a lo lejos ya se oía el ir y venir de carromatos y las voces de la chiquillería retumbando por las calles junto a la algarabía de los alrededores de Palacio.
Justo cuando me disponía a entrar en la calle Mayor descubrí que había quedado olvidada mi espada en la casa de aquella misteriosa mujer y volví atrás haciendo mis pasos más presurosos de lo que ya eran.
Cómo se desplomaba el mundo sentí cuando me dispuse frente a la fachada roida por el tiempo, de lo que había sido hasta hacía pocos minutos un gran palacio, ventanas rotas y la puerta medio desvencijada, aquel mismo portón que la noche antes logré abrir con toda la prisa que me solicitaba lo que al otro lado de ella llamaba mi atención.
Una anciana voz de hombre a mis espaladas se dirigió a mí para preguntarme si buscaba algo. Me volví y aquel viejo que arrastraba una destartalada carretilla llena de verduras y frutas, seguramente yendo al puesto que regentaba en el mercado, al ver mi cara de asombro y leyendo lo que mi mirada no llegaba a entender, agachó de nuevo su cabeza siguiendo el ángulo que le provocaba su encorvada espalda y antes de empezar de nuevo a caminar, dijo:
- Esa casa lleva en esas condiciones hace más de diez años.
No daba crédito a aquellas palabras, así que presto me dirigí hacia la ruinosa mansión.
Por un pequeño boquete que había entre la pared y la puerta logré introducirme ampliando aún más mi sorpresa por lo que ante mí se descubría. Ya no existía el piso de arriba, las paredes se encontraban caidas sobre restos de troncos del techo y lo que, momentos antes habían sido muebles propios de aquel palacio que hoy se convertía en una estancia polvorienta e iluminada por el sol que entraba por las grandes hendiduras que había en el techo, ahora eran restos de madera y metal. Telarañas en lugar de las aterciopeladas cortinas que cubrían las paredes, la escalera deteriorada por el paso del tiempo en la que se había sustituido el rosado color del mármol de aquellos escalones por el grisáceo tono de la piedra vieja.
Sobre la mesa oxidada llena de cascotes descubrí mi espada, la misma espada que tuve empuñada hacía ¿tan poco tiempo? y en la que, al cogerla, descubrí que estaba llena de herrumbre como si hubiera estado alli durante años,...
Basado en la Leyenda del guardia de Corps, Don Juan de Echenique, una de las muchas que existen sobre el Madrid sobrenatural y de leyendas.
Era una noche desapacible, había estado lloviendo durante todo el día y los rollos de las calles estaban resbaladizos. El aire sonaba al ritmo del eco de mis botas por aquellas calles estrechas de altas paredes. El sombrero de ancha ala borraba mi rostro en la oscuridad de la noche y mi capa, aún humeda ensombrecía mi cuerpo hasta casi hacerlo desaparecer en la tiniebla de las sombras nocturnas. Solamente el brillo de la punta de mi espada bajo la capa me delataba cuando se cruzaba con la empobrecida luz de alguna que otra farola que había aguantado al chaparrón que acababa de caer.
Volvía del Palacio Real, había sido una guardia relativamente tranquila y justo cuando entraba en la calle Sacramento, viniendo de la calle del Rollo oí en el silencio de la noche, roto solamente por el resonar de mis pasos, el grito de una mujer. Me detuve justo en la mitad de la calle. Estos gritos provenían de un balcón de uno de los palacetes que había en dicha travesia.
Conseguí abrir el enorme portón de un seco golpe con mi hombro, atravesé el umbral y ante mí se abrió un enorme zaguán con enormes cortinas que caían desde el techo, una gran mesa forjada y al final del mismo una escalera por la que bajaban los gritos aterradores de aquella mujer. Sin pensarlo, subí aquellas escaleras de mármol, que se me hicieron más cortas de lo que en verdad eran gracias a los grandes pasos con los que la subí.
Cuando ya me encontraba en el piso superior, descubrí como salía la tenue luz de algunas velas bajo la puerta de una de las estancias y me dirigí a ella apretando la fría empuñadura de mi espada por si tenía que desenvainarla. Aferré el pomo dorado de la puerta y sin meditar ni un sólo momento la abrí descubriendo una habitación amplía iluminada por dos candiles, uno de los cuales se encontraba en una alta mesilla donde resplandecia un gran crucifijo y una medalla plateada junto a una biblia y el otro sobre un arcón de paredes de tela morada y herrajes brillantes.
Gracias a la luz de esta lámpara pude fijarme en el dorso desnudo de la mujer recostada a los pies de la cama.
Puse mis manos aún con los guantes en su espalda y ella dándose la vuelta me abrazó con la ténue fuerza que pudiera tener una niña, aún tiritando. Sentí en mi mejilla el gélido recorrido provocado por una de sus lágrimas.
Ella me arrastró hasta el desbaratado lecho sin lograr que deshiciera el abrazo en el que se había fundido conmigo.
Sentía su frio cuerpo, pero no logro recordar cómo era el tacto de su piel ni el olor que desprendía. Quizás oliese a mujer, a vainilla, a romero, pero no logro rememorarlo. Sentía como sus manos me despojaban de mis ropas, pero no consigo recordar el tacto de ellas sobre mi piel, aunque sí siento todavía como acarició todo mi cuerpo. Acercó sus carnosos labios a los míos, pero no recuerdo el sabor de ellos. Por más que lo intento no lo consigo, aunque quizás su gusto fuera a melocotones maduros. Tampoco consigo recordar el tacto de su cabello, ni su color, pero recuerdo perfectamente como se recostaban sobre mi rostro, mientras yaciamos en aquella cama.
Oí las campanas de la Iglesia de San Justo y contándolas descubrí que había pasado toda la noche junto a aquella mujer y si no me daba prisa llegaría tarde al cambio de turno. A toda prisa, me vestí y deshice con la misma rapidez el camino contrario al que hice por la noche. El retumbar de mis pasos por aquellas angostas callejuelas eran mucho más rápidos, ya que el campanario había repetido de nuevo la llamada para que la ciudad comenzará a funcionar y a lo lejos ya se oía el ir y venir de carromatos y las voces de la chiquillería retumbando por las calles junto a la algarabía de los alrededores de Palacio.
Justo cuando me disponía a entrar en la calle Mayor descubrí que había quedado olvidada mi espada en la casa de aquella misteriosa mujer y volví atrás haciendo mis pasos más presurosos de lo que ya eran.
Cómo se desplomaba el mundo sentí cuando me dispuse frente a la fachada roida por el tiempo, de lo que había sido hasta hacía pocos minutos un gran palacio, ventanas rotas y la puerta medio desvencijada, aquel mismo portón que la noche antes logré abrir con toda la prisa que me solicitaba lo que al otro lado de ella llamaba mi atención.
Una anciana voz de hombre a mis espaladas se dirigió a mí para preguntarme si buscaba algo. Me volví y aquel viejo que arrastraba una destartalada carretilla llena de verduras y frutas, seguramente yendo al puesto que regentaba en el mercado, al ver mi cara de asombro y leyendo lo que mi mirada no llegaba a entender, agachó de nuevo su cabeza siguiendo el ángulo que le provocaba su encorvada espalda y antes de empezar de nuevo a caminar, dijo:
- Esa casa lleva en esas condiciones hace más de diez años.
No daba crédito a aquellas palabras, así que presto me dirigí hacia la ruinosa mansión.
Por un pequeño boquete que había entre la pared y la puerta logré introducirme ampliando aún más mi sorpresa por lo que ante mí se descubría. Ya no existía el piso de arriba, las paredes se encontraban caidas sobre restos de troncos del techo y lo que, momentos antes habían sido muebles propios de aquel palacio que hoy se convertía en una estancia polvorienta e iluminada por el sol que entraba por las grandes hendiduras que había en el techo, ahora eran restos de madera y metal. Telarañas en lugar de las aterciopeladas cortinas que cubrían las paredes, la escalera deteriorada por el paso del tiempo en la que se había sustituido el rosado color del mármol de aquellos escalones por el grisáceo tono de la piedra vieja.
Sobre la mesa oxidada llena de cascotes descubrí mi espada, la misma espada que tuve empuñada hacía ¿tan poco tiempo? y en la que, al cogerla, descubrí que estaba llena de herrumbre como si hubiera estado alli durante años,...
Basado en la Leyenda del guardia de Corps, Don Juan de Echenique, una de las muchas que existen sobre el Madrid sobrenatural y de leyendas.
jueves, 7 de abril de 2011
Vida en verde,...
Pequeños bornizos en verde eclosionan con la primavera,... envero.
Perfectamentes alineados, medidos con regla por manos bastas, erosionadas como el terreno en el que se encuentran.
Líneas perfectas en las que se encuentran las madres de estos verdes retoños. Madres recortadas una y otra vez a lo largo de los años, pulidas con el sudor, con la sangre desprendida de las manos de los hombres en la lucha encarnizada por desprender los frutos cada otoño. Brazos finos que recortan para que después del adormecido invierno vuelvan a florecer con la magia de los rayos que el sol recuesta sobre ellos en mañanas llenas aún de neblinas.
Hijas tostadas, oscuras que se dejan mecer por la leve brisa de la tarde; negras, tintas canicas que ofreceran al hombre bajo su piel, el fruto con el que hacer un caldo para la conversación, para el rato alegre entre dos amigos, momentos llenos de palabras, de risas, y también, por qué no, en alguna que otra ocasión para tintar las lágrimas por algún amor perdido,...
Hijas rubias, como el sol del mediodía, que llenaran de alegría y de orgullo la vida del que hizo el trabajo bien hecho. La labor que empezaba muchas jornadas antes del crepúsculo y acababa después del ocaso. Días cuidando la tierra, el tronco, cada hoja, cada racimo, dejando trozos de piel en cada trozo de vida parda, arrugada y deforme, anclada a la tierra que le da la vida,... una vida en verde que cada año mágicamente después de la amputación vuelve a resucitar,...
Perfectamentes alineados, medidos con regla por manos bastas, erosionadas como el terreno en el que se encuentran.
Líneas perfectas en las que se encuentran las madres de estos verdes retoños. Madres recortadas una y otra vez a lo largo de los años, pulidas con el sudor, con la sangre desprendida de las manos de los hombres en la lucha encarnizada por desprender los frutos cada otoño. Brazos finos que recortan para que después del adormecido invierno vuelvan a florecer con la magia de los rayos que el sol recuesta sobre ellos en mañanas llenas aún de neblinas.
Hijas tostadas, oscuras que se dejan mecer por la leve brisa de la tarde; negras, tintas canicas que ofreceran al hombre bajo su piel, el fruto con el que hacer un caldo para la conversación, para el rato alegre entre dos amigos, momentos llenos de palabras, de risas, y también, por qué no, en alguna que otra ocasión para tintar las lágrimas por algún amor perdido,...
Hijas rubias, como el sol del mediodía, que llenaran de alegría y de orgullo la vida del que hizo el trabajo bien hecho. La labor que empezaba muchas jornadas antes del crepúsculo y acababa después del ocaso. Días cuidando la tierra, el tronco, cada hoja, cada racimo, dejando trozos de piel en cada trozo de vida parda, arrugada y deforme, anclada a la tierra que le da la vida,... una vida en verde que cada año mágicamente después de la amputación vuelve a resucitar,...
viernes, 18 de marzo de 2011
Japón
Montones de escombros, trozos de autómoviles, casas. Entre los trozos de madera, un cuento en cuya portada se ve a Pinocho sentado con una gran nariz y unas orejas de burro, pensando,... una foto de boda en la que se ve a una pareja sonriente, manchada de barro. Trozos de familias, de recuerdos, de vidas, de sonrisas y lágrimas esparcidas por el suelo entre los pedazos de casas donde vivieron, de carrocerias de coches donde viajaron, de sillas y mesas donde compartieron un trozo de pan y un plato de comida hace tan pocos días.
Hoy ya no queda nada, sólo desolación, tristeza y lágrimas. Al fondo entre el barro y el agua, una persona anciana, casi sin aliento y arrastrando los pies, llama entre gritos desesperados y casi inapreciables, debido al tiempo que lleva haciéndolo, a su hijo que debe estar entre los restos, aunque en su interior, en algún rincón de su mente, sin valor para destapar este pensamiento, sabe que no volverá a verlo, que quizás no podrá ni siquiera acercarse a ningún sitio para rezar sobre sus restos.
Héroes intentado salvar, quedando su vida para que el peligro no vaya a más, libertadores de vida, bajo sus uniformes, sus escafandras, bajo sus trajes protectores, aunque saben perfectamente que la muerte a la que están enfrentándose acabará traspasándolo y llegará a su corazón. A pesar de ello, seguirán intentando salvar lo que queda.
Un desierto de restos, escombros, barro, agua y la vida desapareció de allí, la gente huye hacía algún lugar seguro donde la muerte que hay en el aire en forma de gotas radioactivas no les alcance. Tras ellos, sus recuerdos, algún familiar, sus casas, sus posesiones mojadas y embarradas, mezcladas con la de sus vecinos,...
La muerte en el aire acecha, pero la vida luchará contra ella en forma de un pueblo organizado, disciplinado, paciente y ordenado al cual, en la distancia y desde mi tranquila vida, quiero con mis palabras, llevar mi aliento, mi apoyo a este pueblo devastado y agonizante,...
Hoy ya no queda nada, sólo desolación, tristeza y lágrimas. Al fondo entre el barro y el agua, una persona anciana, casi sin aliento y arrastrando los pies, llama entre gritos desesperados y casi inapreciables, debido al tiempo que lleva haciéndolo, a su hijo que debe estar entre los restos, aunque en su interior, en algún rincón de su mente, sin valor para destapar este pensamiento, sabe que no volverá a verlo, que quizás no podrá ni siquiera acercarse a ningún sitio para rezar sobre sus restos.
Héroes intentado salvar, quedando su vida para que el peligro no vaya a más, libertadores de vida, bajo sus uniformes, sus escafandras, bajo sus trajes protectores, aunque saben perfectamente que la muerte a la que están enfrentándose acabará traspasándolo y llegará a su corazón. A pesar de ello, seguirán intentando salvar lo que queda.
Un desierto de restos, escombros, barro, agua y la vida desapareció de allí, la gente huye hacía algún lugar seguro donde la muerte que hay en el aire en forma de gotas radioactivas no les alcance. Tras ellos, sus recuerdos, algún familiar, sus casas, sus posesiones mojadas y embarradas, mezcladas con la de sus vecinos,...
La muerte en el aire acecha, pero la vida luchará contra ella en forma de un pueblo organizado, disciplinado, paciente y ordenado al cual, en la distancia y desde mi tranquila vida, quiero con mis palabras, llevar mi aliento, mi apoyo a este pueblo devastado y agonizante,...
miércoles, 2 de marzo de 2011
Luces,...
Es una mañana más, creo que aún es temprano para levantarse. Mis pies asomando por entre las sábanas, sienten el frio de la mañana, pero el sueño que queda aún en el frasco, a pesar de sentir el frío, consigue que se resistan a moverse. Quizás tenga ya que levantarme, abrir la ventana y dejar que el día entre en la estancia.
Recuerdos, pensamientos y sentimientos pesan en mi aura e impiden que me incorporé, será esa plomiza pesa de acero que forma el miedo, el temor a enfrentarse a la vida, a una nueva jornada llena de incertidumbre, inquietud ante lo desconocido. Me quedaré un rato más, se está bien y aún tengo tiempo. El mundo fuera ya ha empezado a funcionar con esas grandes ruedas dentadas que engranan unas con otras y consiguen mover la máquina de la vida, en unas ocasiones más lenta que otras, pero al fín y al cabo, moverse.
Yo sigo aquí, arropado por el calor que desprende mi cuerpo bajo las sábanas. Cada vez hay más luz en la alcoba y me cuesta cada vez más abrir los ojos. Rayos de luz llenos de recortes brillantes producidos por las rendijas de las persianas se mueven por la pared, recorriendo aquella silla en la que dejé la ropa casi colocada y los grises se van convirtiendo en colores que aún están naciendo.
Al final, me incorporo, saco mis pies frios que buscan en el suelo las zapatillas y como si de una marioneta se tratara, mi cuerpo se levanta sin yo querer. Me dirijo hacia la ventana, arrastrando mis pies como si dos pesas enormes llevara atadas a ellos y mis brazos consiguen, en primer lugar, levantar la persiana con lo que consigo, en un primer instante que mis ojos vuelvan a cerrarse, como si tuvieran miedo de enfrentarse a la vida, a la luz. Luego, a ciegas, rebusco, tanteando el pomo para abrir la ventana y sentir ese aire frio, esa brisa que transforma el olor de la estancia en fresco, nuevo, y sentir que el sol está ahí, que la vida comienza un día más y esos miedos, esos temores a vivir, se convierten en ilusión, en ganas de eso, de vivir la vida con la misma fuerza con la que el sol entró de nuevo en mi vida, en mi habitación,...
Recuerdos, pensamientos y sentimientos pesan en mi aura e impiden que me incorporé, será esa plomiza pesa de acero que forma el miedo, el temor a enfrentarse a la vida, a una nueva jornada llena de incertidumbre, inquietud ante lo desconocido. Me quedaré un rato más, se está bien y aún tengo tiempo. El mundo fuera ya ha empezado a funcionar con esas grandes ruedas dentadas que engranan unas con otras y consiguen mover la máquina de la vida, en unas ocasiones más lenta que otras, pero al fín y al cabo, moverse.
Yo sigo aquí, arropado por el calor que desprende mi cuerpo bajo las sábanas. Cada vez hay más luz en la alcoba y me cuesta cada vez más abrir los ojos. Rayos de luz llenos de recortes brillantes producidos por las rendijas de las persianas se mueven por la pared, recorriendo aquella silla en la que dejé la ropa casi colocada y los grises se van convirtiendo en colores que aún están naciendo.
Al final, me incorporo, saco mis pies frios que buscan en el suelo las zapatillas y como si de una marioneta se tratara, mi cuerpo se levanta sin yo querer. Me dirijo hacia la ventana, arrastrando mis pies como si dos pesas enormes llevara atadas a ellos y mis brazos consiguen, en primer lugar, levantar la persiana con lo que consigo, en un primer instante que mis ojos vuelvan a cerrarse, como si tuvieran miedo de enfrentarse a la vida, a la luz. Luego, a ciegas, rebusco, tanteando el pomo para abrir la ventana y sentir ese aire frio, esa brisa que transforma el olor de la estancia en fresco, nuevo, y sentir que el sol está ahí, que la vida comienza un día más y esos miedos, esos temores a vivir, se convierten en ilusión, en ganas de eso, de vivir la vida con la misma fuerza con la que el sol entró de nuevo en mi vida, en mi habitación,...
lunes, 31 de enero de 2011
Ayer fuí,...
Hace frío, pero un frágil y tímido sol extiende sus rayos entre los huecos que le dejan algunas nubes para llegar hasta algunos rincones de este lugar donde me encuentro, mi tejado.
Me he sentado para que esos ténues rayos de sol descubran mi rostro. Es agradable, relajante y cierta nostalgia en forma de recuerdos me viene del pasado cuando en mi niñez jugaba con esa luz que tenía el sol de primavera en las aterciopeladas tardes, en las que después de comer saboreaba una mandarina en un patio lleno de macetas.
Cerraba los ojos después de mirar al sol y podía ver su forma reflejada tras mis párpados mientras todo se tornaba de un color naranja como aquella fruta que mondaba mientras tanto.
El sol me daba en la cara y ahora siento lo mismo que sentía en aquella ocasión. El calor en mi rostro, la luz cegadora que impedía que abriera los ojos y allí me quedaba, sentado, sin pensar nada y disfrutando de aquel mágico momento y el sabor dulce de los gajos de aquella pequeña fruta de gran sabor.
Hoy he vuelto a aquel pasado de un niño que se aferraba a aquella luz mágica y que le sirvió para crear en su mente tantos cuentos, tantas leyendas, tantas historias. Aquella luz del sol a través de mis párpados era el foco que alumbraba el escenario del teatro de mis historias; cuentos sin final, algunos, otros con final amargo y los menos con final feliz pero llenos de sorpresas que cambiaban una y otra vez el término del mismo.
Ayer fuí aquel intrépido caballero que tras luchar con feroces drágones, cruzar frondosos bosques, atravesar peligrosos ríos y subir altas y empinadas montañas en las que resbalaba una y otra vez, al llegar al castillo y subir hasta el torreón más alto, la dama ya no estaba, quizás otro caballero ya la había salvado.
Ayer fuí aquel luchador que después de atravesar una tras otra vez las líneas enemigas, salvar encarnizadas batallas con el adversario, esquivar balas asesinas y tras llegar al fuerte enemigo, todo estaba abandonado y desolado sin haber servido de nada la cruel batalla.
Ayer fuí aquel niño lleno de sueños, de historias inventadas en las oscuras noches de monstruos engendrados. Sueños rotos, mosntruos de verdad que transforman la resplandeciente luz del sol en mis párpados cerrados en verdaderas historias de finales infelices,...
Me he sentado para que esos ténues rayos de sol descubran mi rostro. Es agradable, relajante y cierta nostalgia en forma de recuerdos me viene del pasado cuando en mi niñez jugaba con esa luz que tenía el sol de primavera en las aterciopeladas tardes, en las que después de comer saboreaba una mandarina en un patio lleno de macetas.
Cerraba los ojos después de mirar al sol y podía ver su forma reflejada tras mis párpados mientras todo se tornaba de un color naranja como aquella fruta que mondaba mientras tanto.
El sol me daba en la cara y ahora siento lo mismo que sentía en aquella ocasión. El calor en mi rostro, la luz cegadora que impedía que abriera los ojos y allí me quedaba, sentado, sin pensar nada y disfrutando de aquel mágico momento y el sabor dulce de los gajos de aquella pequeña fruta de gran sabor.
Hoy he vuelto a aquel pasado de un niño que se aferraba a aquella luz mágica y que le sirvió para crear en su mente tantos cuentos, tantas leyendas, tantas historias. Aquella luz del sol a través de mis párpados era el foco que alumbraba el escenario del teatro de mis historias; cuentos sin final, algunos, otros con final amargo y los menos con final feliz pero llenos de sorpresas que cambiaban una y otra vez el término del mismo.
Ayer fuí aquel intrépido caballero que tras luchar con feroces drágones, cruzar frondosos bosques, atravesar peligrosos ríos y subir altas y empinadas montañas en las que resbalaba una y otra vez, al llegar al castillo y subir hasta el torreón más alto, la dama ya no estaba, quizás otro caballero ya la había salvado.
Ayer fuí aquel luchador que después de atravesar una tras otra vez las líneas enemigas, salvar encarnizadas batallas con el adversario, esquivar balas asesinas y tras llegar al fuerte enemigo, todo estaba abandonado y desolado sin haber servido de nada la cruel batalla.
Ayer fuí aquel niño lleno de sueños, de historias inventadas en las oscuras noches de monstruos engendrados. Sueños rotos, mosntruos de verdad que transforman la resplandeciente luz del sol en mis párpados cerrados en verdaderas historias de finales infelices,...
jueves, 13 de enero de 2011
Tras la niebla,...
Niebla, espesa, profunda. Casi puede cortarse como una gran nube de algodón. En ella, figuras, formas sin forma que se confunden con el espacio. Niebla sin espacio, no encuentro los límites y esas sombras aparecen y desaparecen como lo hacen los fantasmas del pasado. Fantasmas, sombras, pensamientos que aparecen ante mi y desaparecen en la niebla. Salgo tras ellos, pero es imposible cogerlos. A medida que se introducen en la niebla es más dificil alcanzarlos. Cade
miércoles, 5 de enero de 2011
Pedro Pan
Dejadme que españolize a este personaje, Peter Pan, en un día especíal para los niños como es el día de Hoy. Magía, ilusión, risas, nervios,... niños aún dormidos que mañana se levantarán para ver esos juguetes, esas ilusiones después de una noche de nervios.
Desde mi tejado veo gente con bolsas, entrando y saliendo veloces de tiendas. Se acaba el tiempo y aún les faltan algúnos regalos que comprar. Ese detalle con el que hará feliz a ese amigo, a esa amiga o a ese familiar que se lo merece.
Regalos que nos empuja a comprar la publicidad, la televisión, los atractivos escaparates que nos llaman a voces para que consumamos, para que en ocasiones, gastemos ese dinero que no tenemos, pero que por arte de magia aparece todos los meses en un trozo de plástico con el que realizamos nuestras compras.
Pero voy a volver a los verdaderos protagonistas de este pensamiento que hoy comparto con vosotros, a los niños, a ese Peter Pan que me esfuerzo cada día por no dejar escapar. Tengo miedo a perderlo, a perder ese niño que todos llevamos dentro y que nunca tendriamos que dejar que se fuera volando. Ese niño, es el que nos hace ver la vida, como eso, como niños, con ilusión, esperando que la propia vida nos haga algún truco de magía para hacernos reir y olvidar que la vida es para la gente mayor, con sus problemas, sus disgustos, sus pesares,... y que aunque hay que tenerlos presente, pero si los vemos con nuestros ojos de niños, no los veremos tan graves como a veces nos parecen.
¿Qué pedirles a los Reyes Magos?, No entraré en el típico tópico de desear salud, dinero, trabajo. Dejadme que escriba a estos seres y les pida un sólo deseo; Que no pierda nunca nada de lo que tengo y que no deje jamás de reconocer en la mirada de las personas a las que quiero el amor que me tienen.
Esta noche, junto a mis niños seré Peter Pan y soñaré junto a ellos, me ilusionaré con ellos y viviré la magia de este día tan especial, esperando a que mañana bajo nuestro árbol siga habiendo en una de las cajas un poco de Amor para que sigamos unidos y que cuando volvamos al país de Nunca Jamás sigamos siendo los niños que algunos se empeñan en perder para hacerse adultos,...
Desde mi tejado veo gente con bolsas, entrando y saliendo veloces de tiendas. Se acaba el tiempo y aún les faltan algúnos regalos que comprar. Ese detalle con el que hará feliz a ese amigo, a esa amiga o a ese familiar que se lo merece.
Regalos que nos empuja a comprar la publicidad, la televisión, los atractivos escaparates que nos llaman a voces para que consumamos, para que en ocasiones, gastemos ese dinero que no tenemos, pero que por arte de magia aparece todos los meses en un trozo de plástico con el que realizamos nuestras compras.
Pero voy a volver a los verdaderos protagonistas de este pensamiento que hoy comparto con vosotros, a los niños, a ese Peter Pan que me esfuerzo cada día por no dejar escapar. Tengo miedo a perderlo, a perder ese niño que todos llevamos dentro y que nunca tendriamos que dejar que se fuera volando. Ese niño, es el que nos hace ver la vida, como eso, como niños, con ilusión, esperando que la propia vida nos haga algún truco de magía para hacernos reir y olvidar que la vida es para la gente mayor, con sus problemas, sus disgustos, sus pesares,... y que aunque hay que tenerlos presente, pero si los vemos con nuestros ojos de niños, no los veremos tan graves como a veces nos parecen.
¿Qué pedirles a los Reyes Magos?, No entraré en el típico tópico de desear salud, dinero, trabajo. Dejadme que escriba a estos seres y les pida un sólo deseo; Que no pierda nunca nada de lo que tengo y que no deje jamás de reconocer en la mirada de las personas a las que quiero el amor que me tienen.
Esta noche, junto a mis niños seré Peter Pan y soñaré junto a ellos, me ilusionaré con ellos y viviré la magia de este día tan especial, esperando a que mañana bajo nuestro árbol siga habiendo en una de las cajas un poco de Amor para que sigamos unidos y que cuando volvamos al país de Nunca Jamás sigamos siendo los niños que algunos se empeñan en perder para hacerse adultos,...
martes, 4 de enero de 2011
Si no vengo,...
No olvido este rincón, no olvido subir a mi tejado. Si vienes y no me ves, no es porque me haya olvidado de venir, si no porque no quiero sentirme en la obligación de venir todos los días, si no cuando me apetezca. Cuando te sientes obligado a hacer algo, no lo haces con gusto y el subir a mi tejado y sentarme de vez en cuando a pensar, a meditar, a hablar o simplemente a no hacer nada, para mi es algo que me gusta hacer y quiero que sea así, por eso no quiero sentirme en la obligación de hacerlo todos los días. De todas maneras, si a ti te apetece venir por aquí y sentarte, aunque yo no esté, hadlo. Sabré que has estado aquí y si dejas algún comentario o pensamiento mucho mejor, porque desde mi tejado, tus palabras llegarán hasta donde tú quieras que lleguen,...
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)
